miércoles 8 de abril de 2009

Fiesta sin festejos


La fiesta era un velatorio de mortífera raigambre. Cualquier incipiente esbozo de sonrisa, inciativa de pronunciación de palabra alguna, cualquier movimiento esperanzador de baile, era coartado de lleno por esa cosa volátil y pesada que a veces, sin causa conocida, mata todo. Nos miramos, ambos sentados, ambos viendo cómo los surcos entre las baldozas se llenaban de cenizas y de tierra de zapatos arrastrados. Me levanté para ir al baño, única excusa que en la mesa podía ser aceptada como válida en esas circunstancias: el novio acababa de violar a la hermana de la novia y los padres de ambos (novia y novio) pretendían disimular el exabrupto continuando con una fiesta sin novios. Vi que él se levantaba del asiento también, allá lejos, encendía un cigarro, se acercaba a la enorme puerta oval que daba al patio trasero del salón. El baño estaba desierto, no había ninguna retocándose el maquillaje ni esperando en la cola para el sanitario, de modo que no tuve pretextos, y salí rapidito, al tiempo exacto en que un tremendo apagón ponía a todos a exclamar un largo y patético "ahhhh". Sentí una mano tomando suavemente mi muñeca, un controlado tirón cuyo propósito era persuadirme de desplazarme hacia el lado de la puerta que daba al jardín. Me tropecé con un vaso de plástico, o eso creí que era, y me quité los tacones para no caerme ante tanto traste suelto en el piso. Él me condujo hasta afuera, nunca le vi la cara, pero estoy segura de que era el mismo que minutos antes observé levantarse cigarro en mano. Acercó sus labios a los míos, olí el tabaco, sentí el sabor fragante de la sidra mezclado con algo más fuerte que no pude identificar. Su lengua se ajustaba con inigualable destreza a la mía. Había de trasfondo un murmullo de gente que se levantaba de los asientos, rezongaba, manipulaba sin éxito las llaves de la luz.
__¿Cómo te llamas?__recuerdo que pregunté.
__Si te digo mi nombre no te tengo esta noche.
__Quizás__reconocí__aún así, quiero saberlo.
__Mañana vemos.
__Quizás__dije__quizás mañana me arrepienta y decida no verte.
Quise replicar un poco más pero su boca me tapó los labios, inmovilizó mi lengua, exploró mi boca. Su perfume me empapaba entera. Sentí cómo su mano se deslizaba sobre la superficie de mis medias de lycra, cómo me despojaba de ellas.
__¿Qué haces? Puede venir la luz en cualquier momento...
__¿Quién crees que la cortó?
__Puede venir...
Pero me colocó algo trenzado en las manos, algo parecido a un trozo de cables, no sé, jamás lo vi, la oscuridad era absoluta, y para ser honesta no me importaba en lo más mínimo. Sus manos irrumpían debajo de mi brassier a un tiempo perfecto, ni de forma desesperada, ni de manera dormida. No. Eran manos despiertas, grandes. Palpó la geografía de mis pechos, se detuvo en ellos, los besó con fuerza, exigió de ellos un elixir imaginario. Escarbó con los dedos mi entrepierna, susurró unas palabras de placer en mis oídos, besaba tan bien...
__Si tú quieres nos quedamos donde estamos__dijo__¿o prefieres que huyamos hacia allá?
No supe donde era ese allá que señalaba, la noche ocultó su mano, pero le dije que sí, que sí, la oscuridad oculta las imágenes, no los sonidos. Nos perdimos tras los arbustos que enmarcaban el jardín. Se trepó a mi cuerpo y entró dentro de mí progresivamente. Yo tenía una parte de mi mente puesta en él y en lo que hacíamos, y otra volcada hacia los sonidos de la gentes que pululaban en el jardín, que a veces se detenían a un metro de donde yacíamos. Mientras más se prolongaba el asunto, más culpa me venía. Hasta que lo notó.
__¿Qué, eres virgen?__me preguntó, estático, todos sus movimientos se pararon.
__Sí__le dije, abochornada, avergonzada, tímida, inexperta y absolutamente idiota.
__Eso no es problema.
__Mejor__dije, pero pensé otra cosa.
__¿Te soltarías más si sientes que no consientes esto?
__¿Cómo dices?
No me explicó nada, fue pragmático, silencioso y decidido. Me tomó de la cintura, me hizo incorporar y me guió hasta un muro, no sé de qué todo formaría parte esa pared, sólo percibí en mi piel el roce del cemento sin alisar. Me subió en ancas. Toda la vergüenza de estar empapada como estaba se acabó en una sola frase que me dijo, en una frase que no puedo... que no debería... que diablos: que no quiero decir, es una frase que no voy a decir porque fue para mí. Quédense con la duda.

martes 24 de marzo de 2009

Laura, mi amor


Nos metimos adentro del placard, el que está empotrado en la pared de la casa de Matías. Era su cumpleaños, cumplía Matías 33 años y lo habían estado cargoseando con eso de que ya podía morirse como Cristo, célibe. Claro que era un terrible sarcasmo, si hay alguien que con toda certeza no es célibe en el grupo, ése de seguro es Matías. Aunque en ningún lado diga que Cristo murió célibe, es una arenga que todos le estampan, más ese sábado que nos habíamos bajado, entre los siete, tres botellas de fernet, una de coñac, dos de ron y ocho cervezas.
Ese placard ha de medir un metro de ancho por un metro de profundo, y de altura ha de cumplir los dos metros. Ahí resguarda Matías a su golden retriever durante los accesos de pirotecnia de fin de año.
__Sos preciosa, Lunita__alcanzó a decir Matías justo antes de vomitar sobre la alfombra.
Lau lo miró con odio, no porque vomitara, sino porque le decía piropos de igual tenor a todo ser que llevara brasier y orinara sentado.
Yo la sentí triste, le vi en los ojos ese brillo de amargura, esa pizca de odio a sí misma que enarbolamos a veces las mujeres cuando no podemos dejar de amar a alguien aborrecible.
__Vamos, Lau, puse la pava, tomemos unos mates.
__No se me dan la puta gana los mates.
Esto sucedió hace años, fue antes de que Laura conociera a Malva, y me arrepiento de haberlas presentado.
__No vas a llorar, por favor, eh, que Matías no lo vale.
__Ya sé, pero qué querés que haga, si pudieras formatearme la cabeza, Cristina...
__No me digas Cristina, mi nombre es Iris.
__Tu nombre no es Iris, no jodas.
__Bueno, hoy y acá soy Iris. Dale, ponete otro nombre.
__Yo ya tengo otro nombre. Lunita.
__A ese nombre tiralo a la basura, vos sos Laura, y al Matías dejamelo a mí que yo me encargo.
__¿De qué te encargás Cristina?
__De re bautizarlo.
__No jodas...
__Sí, jodo, Laura, porque no va de frente. Las jodas tienen que ser aceptadas por todos los miembros, no por el que jode, y a vos te está jodiendo. Te está jodiendo. Porque yo lo vi, lo vi, aparte se nota, la única que no ve sos vos que estás obnubilada...
__Ay, ya no quiero hablar de él, sabes, necesito salir de acá.
__Son las cinco y media de la madrugada, están todos los negocios cerrados, enrejados y con candado, las calles pululan de alcohólicos anónimos y de drogados peores que Matías, a dónde querés ir a estas horas...
Laura no contestó, vi que la boca le temblaba, que hacía un esfuerzo sobre humano por contener un puchero, una lágrima, por no descomponer el rostro. Y me dio pena, rabia, odié ser mujer en ese instante, porque no podría decirle que era hermosa y que se merecía algo de su talla, es decir, no podía persuadirla como hombre, para que se lo creyera.
__Me toman para la chacota.
__Reconocé que te prestaste, Laura.
__Yo no soy Laura, ahora y acá no soy Laura, Matías se encargó de exterminarme.
__Bueno y quién sos.
__Decime vos.
En eso la voz de tres de ellos se oye venir hacia nosotras, hay un sonido de botella reventada contra el piso y una lamentación.
__Quiero salir de acá, quiero salir...
Laura se desesperó como un animal enjaulado, y no tuve otra idea que arrastrarla hasta el placard. Olía a naftalinas el placard, y en el piso había pelos de Rocín, me imaginé de inmediato alguna que otra garrapata trepando por la oscuridad de las paredes.
__¿Qué haces?__susurró Laura, pero le contesté con un shhh al que hizo caso de inmediato. Agradecí que Matías, sumido en la más asquerosa de sus borracheras, dijese de Laura cosas obscenas y terribles, reconociese su objetivo delincuencial, su único objetivo.
__Gran hijo de put...
__Shhhh...
La había invitado a pasar una velada con gente que pertenecía al hipódromo que él frecuentaba, le había dicho que sería interesante, pero en realidad, sus intenciones eran remolcarla a cierta casona en las afueras, para obsequiársela a un par de amigos cachacos como modo de pago a ciertas indulgencias, a ciertas protecciones que recibía de ellos, hay que ver la mugre que habita los uniformes. Y eso más que escandaloso, más que inmoral, más que detestable, era ilegal, era un crimen, y yo me debatía entre salir del closet para reventarlo a patadas (con tal curda que tenía iba a ser blanco fácil, él estaba peor que yo) o quedarme en el clóset a consolar a Laura que quería salir corriendo como un perro ante un petardo.
__Puta este imbécil...
__No le hagas nada, Cristi, no le hagas...
__Que coño, mierda, ¿que sos idiota, Laura? Estamos las dos solas con esos cinco, y este tipo es un imbécil, menos mal que está en curda que si no... no sé qué riesgo corremos acá... que vamos a terminar trozadas en un tarro de basura... y vos... ¿lo defendés?
__Shhh, creo que nos han oído.
Pero no nos habían oído, sino que dos de ellos se habían caído completamente borrachos al suelo, y ahí dormían, sobre el líquido de la cerveza rota, sobre los vidrios. Y los otros tres habían salido, se escuchaban bajando la escalera, cantaban a viva voz algo de Virabent.
Laura lloraba, me decía que le hacía falta un formateo de disco, que era una masoquista, pero que no disfruta el masoquismo, y cosas por el estilo, esas cosas que se dicen cuando, además de estar muy borracho, uno está terriblemente herido. Y yo también estaba borracha, no por haber bebido demasiadas copas de todo, sino por haber tomado de lo más fuerte.
Creo que se sorprendió cuando la agarré de la cintura y la estreché contra mi cuerpo, pude saberlo porque se estremeció. Creo que intentó zafarse al comienzo, no lo recuerdo, pero en todo caso cedió al instante, pues de otro modo la hubiera soltado. Recuerdo sus rulos cayendo sobre mi cara como un montón de hojas secas. Nos besamos ahí adentro del closet, como con despecho, como si pretendiéramos vengarnos de los hombres idiotas de esa manera. Cinco hombres en curda mientras dos mujeres se besan en un clóset, eso es algo surreal.
Ella sabía a cerveza y cigarrillo, yo he de haber tenido gusto de ron y coñac. El perfume de Lau envolvió todo el espacio del clóset, me impregnó y me excitaba, porque su perfume me alertaba de que era ella con la que me estaba besando en completa oscuridad. Laura tenía poder sobre mí, pues, de manera paradójica, su vulnerabilidad, su delicadez, su ingenuidad y su manera enamoradiza de vivir, me hacían sentir deseos de protegerla. Creo que lo de ella era más bien necesidad de ser protegida, yo presentía que cualquier cosa que yo le sugiriera ella la iba a acatar a modo de mandato, pues yo significaba para ella el punto de apoyo, la seguridad, casi algo así como su madre, o como su padre, vaya uno a saber.
Estuvimos un rato besándonos sin tomar iniciativa de nada más, sólo unos leves empujones a los que respondíamos con otro. El clóset nos quedó chico. Laura tenía una pollerita corta, lo que le limitaba los movimientos, pero yo, en jean, me sentía más suelta.
Uno de los borrachos caidos en el piso se movió, y nos petrificamos. Pero luego caimos en la cuenta de que estaba completamente incosciente, y proseguimos. Lau de un manotón me quitó impulsivamente la hebilla que me sujetaba el cabello. Mi pelo cayó en borbotón. Luego siguió la blusa. La mía, la de ella. Su falda, mi pantalón. Nada de andar bajándose a medias, nos lo quitamos todo.
__Haz como si fueras Matías...
__Andale que sos masoquista, no puedo ser Matías, ¡soy Iris!
__Quiero que seas Cristina.
Y tuve que dejarme a una lado para ser yo, tal cual me lo pedía Laura, porque pude ver que de cierta manera, ambas estábamos prendada de la otra, desde hacía tiempo ya, era una manera de escudarnos de los hombres, y de sus andanzas, y de sus infidelidades, y de sus requerimientos difíciles de cumplir.
Asi que fui Cristina. Cristina la besó en el cuello, la agarró de las manos, le clavó las manos en la pared y se las hizo dejar allí, quietas. Cristina la sedujo con recuerdos comapartidos en la oreja, la abrió de piernas y puso su mano en la grieta sudorosa de su sexo, le acarició el pubis, le arrancó un suspiro y le encontró en el centro de la entrepierna, entre medio de los labios, un punto más vulnerable que ella misma. Allí se entretuvo un rato sobando, haciendo mimos con los dedos, una cascada de líquidos nos mojaban las piernas. Cristina le confesó que estaba celosa de Matías y que, además, lo odiaba por dejarla tan insatisfecha, pero Laura no contestó nada, infiero que si hablaba rompía el hechizo, salía del clóset y se iba. Algo la sujetaba al closet y ese algo era nada más que yo.
__Lo voy a dejar__dijo, de repente__. Lo voy a dejar por ti.
No sé si fue en broma o en serio, pero me sentí con más poder. ¿Era infidelidad coger con una mujer? Digo... ¿era infidelidad ante mi novio? Eso pensé, recuerdo, varias veces, mientras sus manos se aventuraban en mi cuerpo, me apretaban los pechos, mientras sus dedos jugaban puerilmente con la textura de mis pezones, mientras su desesperación me comía la boca, me apretaba a mí ahora contra la pared. La respuesta fue un sí, pero no por eso me detuve. Sí, era infidelidad, y qué.
Nuestros pechos se rozaban, encrespados, nos refregábamos como se refriegan los perros sobre los animales muertos. Así, e intentábamos penetrarnos con un miembro imaginario, algo que sustituíamos por los dedos, las rodillas, el hueso pélvico. Nuestras manos estaban completamente empapadas de fluidos. Estábamos semiagachadas de tanto abrir las piernas. Y veo que se queda quieta y sin aliento y la escucho decirme que siga.
Ella se corrió primero, pero no se olvidó de mí. Luego, como si experta fuera o como si, terriblemente saciada, se hubiera dispuesto a devolver el favor, se afanó en arrancarme un orgasmo. Si yo ya estaba tan cerca...
Ella lo hizo con ambas manos, una en la zona del clítoris y otra dentro de la vagina. Así no hay quien aguante.
Creo que gemí de placer, porque uno de los borrachos levantó la cabeza y dijo: perras dejen de follar en el clóset.
Por suerte estaba demasiado ebrio como para recordarlo.
Cuando salimos era de día y olíamos a sexo. Dejamos un charco en el placard que ninguna se preocupó de limpiar. La cara de suficiencia de Lau me decía que ya no le importaba mandar al carajo a Matías, que su manera obsesa de enamorarse ahora iba a recalar en mí, o en todo caso, iba a partir de mí.
Al otro día, cuando Matías asistió al encuentro de escritores en La Puna, lo oímos sospechar y quejarse del grupo de amigos, pues alguien había follado en su placard y no había sido capaz de limpiarlo, ni de convidarlo. ¿A quién él le habría hecho tanto mal para merecer eso?

domingo 15 de marzo de 2009

Inolvidable


Estaba desahuciada, había rendido mal Fonética 2 y ya no quedaban plazos. Mascaba chicle como mascan los adolescentes aburridos en las clases de Historia, así, y un poco peor, porque la frustración me carcomía. Alejandro no había querido verme más después de lo de Lizzete, no sé por qué se hacía él el ofendido cuando, precisamente, había sido el causante de todo. La verdad es que yo tampoco quería verlo más, el tema es que me había habituado a cierta regularidad sexual... y ahora como que la abstinencia era un agravante de esa incipiente condición de estudiante reprobado que me caía como un hacha sobre el cuello y me hacía agachar la cabeza... así... como si yo fuese una persona totalmente pajuerana. Creo que por eso me clavó la vista, creo que me dio menos edad, o en todo caso, le parecí infantil, pueril. Me agarró del brazo y me preguntó la hora. Se la dije, y luego me preguntó la fecha. También se la dije, y luego quiso saber la dirección de mi casa. Esa no se la dije, por supuesto, aunque sí le acepté una invitación a tomar una coca en un bar de ahí a la vuelta. Mal por mí. Muy mal. Lucía como de diez años menos, eso, como mínimo, y yo en esa fecha que le dije, en esa fecha precisa, cumplía mis veinticinco. Cuando estábamos tomando la coca, ambos muy callados y concentrados en los gorjeos de la bebida, se me ocurrió contarle.
__Hoy cumplo años.
__¿Ah sí? ¿Y haces fiesta?
__No creo.
Terminamos nuestras respectivas cocas.
__Sabes__me dijo__, estuve dos años de novio y ella me dejó hace una semana. Hoy la vi con un chico, un tipo alto y de buen aspecto, unos pectorales tremendos... No la entiendo en absoluto.
__El amor es caduco__dije yo, pero más lo decía por mí y por mi situación que por propio convencimiento de concepto. Luego de acabarnos la coca, pedimos otra. Después le dije que mi vientre estaba hinchado y era obvio que no podía tomar nada más que contuviera gas. Se le caían las lágrimas a él, y disimulaba bostezando.
__Los bostezos hacen caer algunas lágrimas__le dije__, pero no un mar.
Sin decirnos nada, pagamos, cada cual las cocas consumidas, y encaramos para la derecha, como si supiéramos a dónde nos dirigíamos y con qué fin. En la esquina, antes de cruzar la calle, me tomó la mano:
__Te invito otra coca__dijo, a lo que no supe qué responder, tironeó de mi mano y cuando quise darme cuenta subíamos las escaleras de un hotel, el que estaba precisamente en la esquina. Siempre me pudieron los hombres deshechos, los hombres tímidos, los hombres dulces y los hombres vulnerables a mí. Este era un muchachito, pero yo estaba hecha, a mi vez, un mar de lágrimas también, sólo que era un mar interno, invisible, algo que nadie veía. El nombre de Alejandro repicaba en mi mente, y su número de teléfono, y mis carajos hacia él, todo junto y en desorden. Sus manos temblaron en los botones de mi blusa, de modo que le tomé las manos y las llevé atrás de mi cuello, y bailamos sin música. Empezó a tararear una canción. Yo de veras pensaba que era precioso, que ojalá tuviera más edad, que yo no podía enamorarme de él, porque él iba a ser quien saliera dañado en cuanto mi decepción me sacara del error que me embelezaba. Porque un chico adolescente no deja de ser adolescente por más maduro que parezca o por más integro que se juzgue.
__Yo la quería a ella, y la quiero todavía__dijo__, pero vos podés hacer que me la olvide. Fue una gran coincidencia que yo estuviera reprimiendo las mismas palabras en la punta de mi lengua.
__Por estas horas puedo, ya luego me regreso a mi infierno, donde no quiero que entres__le dije, su voz era un susurro delicado, suave, pero seductor, o quizás es que a mí me seduce la suavidad, es como un imán.
__Si te beso, digo__dice, su voz trastabilla_, si te beso, digo, ¿piensas que está mal...? Quiero decir... no puedo prometerte nada, es que Verónica...
__Si yo tampoco puedo prometerte nada. Mira, es que Alejandro... Creo que algo sucedió simultáneamente en nuestras mentes, algo así como el permiso de superponer la cara del añorado a la cara del que teníamos enfrente, pues acercamos nuestros labios. Besaba exquisitamente bien, con una dulzura no exenta de cierta desesperación, de cierta desenvoltura latente. Al punto, el movimiento lento que pretendía ser un baile y una música invisible, comenzó a enlentecerse y a volverse un roce, un abrazo, una caricia recursiva, el descubrimiento recíproco del vacío ajeno, ese vacío que ambos pretendíamos aliviar con el otro. Pero tan bonito... Esos besos tan dulces, me sacaron por un rato de la noción de ausencia que Alejandro me imprimía en la mente desde hacía dos meses. Rozó mi nariz con la suya, posó su frente en la mía, bajó con los labios por el cuello, se acurrucó unos segundos en él, como un pollito asustado, después tomó mi cintura, se coló por debajo de la blusa hacia mi espalda, me empujó más todavía hacia sí.
__¿Cuántos años tienes?__pregunté, apremiada por el cerebro.
__Dieciocho__me dijo, y si bien me dejó mas tranquila saber que tenía más de lo que en un momento intuí, seguí inquieta por la campera con el escudo del colegio. Se la quité. Cuando hice eso me apoyó contra la pared, creo que en ese momento dejé de ser yo y me convertí de algún modo en Verónica, pues le vi, de ahí en más, sus ojos cerrados, y una pasión que sólo puede arrancar en otro una persona deseada con mucha intensidad. Me deshojó de a poco, no pensaba sólo en él al hacerlo, se notaba que pensaba en mí, o en la persona que proyectaba en mí. Sus manos pasaban suaves por mi piel, inició un diligente y sutil soplido a dos centímetros de mi piel que me hizo estremecer, me acarició las axilas, los huecos de los muslos justo antes de quitarme las bragas. De vez en cuando tarareaba el estribillo de una canción. Me besó toda la piel, me rozó los senos con sus manos cadenciosas, me agarró las nalgas, me separó las piernas. Yo cada tanto me olvidaba de Alejandro, pero a veces lo imaginaba a él, y ya ni podía más con mi cuerpo. "Me llamo Rodrigo" me dijo en ese momento. "Y yo Iris", le contesté. "Después intercambiamos teléfonos", dijo. Y yo le dije "te quiero", y no pensaba en Alejandro cuando se lo dije, y no pensaba en nada, estaba de remate, y se lo repetí, dos o tres veces: "te quiero" "te quiero" " te quiero". "Yo también, Iris, pero sé que mi edad te alejará de mí", dijo. Y yo le dije que no. Volvió a mi boca, desde mi pierna, donde se encontraba, volvió a mis labios, de nuevo temblorosos los sentí, era su vulnerabilidad.
__¿Por qué tiemblas?
__La primera que me deja me ha hecho trizas, ¿qué crees que me hará la segunda?
"No te enamores de mí", le dije, y me dijo que quizás fuera tarde o quizás no y que en todo caso no estaba en su voluntad, que el amor no se maneja con la mente. Y yo pensé que era muy joven para saber de esas cosas, que yo tampoco me manejaba, y pensé qué demonios hago aquí. Sin embargo su lengua en mi boca me recordó por qué estaba, repitió mi nombre varias beses entre los besos. Yo era un río que desembocaba entre mis piernas, él me guió hasta la cama, se posó sobre mí, me penetró lentamente, su ritmo era idéntico al mío, éramos como dos almas gemelas encontradas a destiempo.
__Que te quiero... que te quiero para mí, dime que tu prejuicio no me juega en contra__dijo en un susurro entrecortado por los empellones.
__No sé, no sé, Rodrigo__dije, y mi cabeza se confundía, mientras sentía todo el placer que ese roce rítmico producía dentro de mí, me aletargaba, cerré los ojos... Preguntó si estaba bien así, si así está bien, siempre al oído, bisbisando, con un encanto de timidez que no abolía ni el acto más carnal. Contesté que sí, que estaba bien, contesté a Alejandro. A lo que él respondió a Verónica. Y sentí dentro de mí la potencia absoluta que su recuerdo impelía, porque el roce se hizo más duro, más frecuente, más preciso, el éxtasis no me dejó hablar, ni contestarle "Así, Alejandro", me apretó con su cuerpo más todavía sobre la cama, me hundió en la espuma acolchada del colchón, me dijo te quiero, me besó en el cuello, y su ritmo se ensañó bruscamente, frotó su pubis contra el mío, preguntó si lo sentía, y claro que sí, y siguió en lapsos cortitos y seguidos, me derramé toda sobre él, al tiempo exacto que su descarga hacía un movimiento oportuno sobre el centro más erógeno de mi cuerpo.

miércoles 11 de marzo de 2009

Deja vu



(Debido a que este texto es la trascripción literal exacta de una conversación de sábado, los nombres han sido alterados para preservar la identidad de las personas que mantuvieron esta charla)

Mara: Honestamente, detesto que lo pida. Quiero llegar al casamiento virgen por lo menos del... contra natura. Y es que esta tipa le ofrece lo que no le doy.
July: Si estuviera en tu lugar, los vigilo, a ambos.
Mara: Hay ciertas zorras que no se amilanan ante nada, están ahí, a la expectativa, y al menor descuido de una, te ponen los cuernos.
July: El que te pone los cuernos es él, no las tipas que él se tira.
Mara: ¡Vaya diferencia me hace!
July: Bueno, lo que pasa es que vos le echás siempre la responsabilidad a las tipejas con las que anda, parece que lo apañás, lo que tenés que hacer es dejarlo.
Mara: Habló la sabelotodo ¿se puede saber en base a qué puta experiencia aconsejas?
July: No me hace falta experimentar a mí, con escucharlas a ustedes me basta para saber que mejor es quedarme bien sola.
Mara: Mirá, vos tenés un mal humor últimamente, ciertas hormonas te están pidiendo a gritos...
July: ¿Qué cosa?
Mara: ¡Una así de grande!

Mara indica el tamaño dejando un espacio enorme entre sus manos. Reímos, pero muy por lo bajo.

Mara: Ya te enojaste... Es broma. Bueno, no es broma, pero tomátelo como si lo fuera, haceme el favor. Y vos, Malva, qué opinas.
Malva: No sé, mira, a mí no me van los tíos.

Carcajadas unánimes.

Malva: Mejor pregúntale a Laura, a ella le van los dos.
Laura: Guey, déjame en paz.

Lau sale instantáneamente de la conversación y de la sala, Malva se encoge de hombros.

Malva: Qué.
Mara: Es que él me dijo que ella lo busca... la tipeja esa... y yo la seguí para hablar con ella, dos veces, pero la tipa me dice que nada que ver... y luego llama a la casa, la descarada, dice hola. Tiene una voz de corneta inconfundible.
Malva: Mara, por qué no te dejás de romper las pelotas ¿no te das cuenta que a él le encanta cogerse chavas mientras tú le echas el fardo a las tipas? Carajo, no sé si sos huevona o te estás enamorando a lo tipo imbécil.
July: No hables mal del amor, que uno se enamore no quiere decir que sea imbécil.
Malva: No, querida, pero hay distintas clases de enamoramiento: está el correspondido y el no correspondido. Si es correspondido viven felices y comen perdices, si no es correspondido, sobreviene una separación tras la cual una de las partes llora y llora hasta que se le pasa o ve un lindo clavo con qué remachar al anterior... Pero si siendo no correspondido, aún el que está enamorado sigue idiotamente con el que no siente nada, eso es una imbecilada, una puta cobardía o simple masoquismo.
July: Deberías mandarlo a coger por culo, Mara, ya sabes, y dejar de llenarnos las paciencias.
Mara: Gracias, en situaciones como estas uno distingue quienes son las verdaderas amigas, y ninguna de ustedes se está comportando como tal...
Malva: Bah... lo que tu pides es una mentirosa que complazca tus cobardías, no una amiga.
July: Eso mismo.
Mara: Pero yo sé quién me va a dar un sabio consejo, alguna estrategia sensata que me devuelva la tranquilidad de pareja.
Malva: ¿Ah, sí? ¿Esa persona cobra?
Mara: Iris... ¡Iris, dejá ese libro, que no te hagas la huevona, estás escuchando todo!

Iris levanta la vista hacia Mara, esperando una pregunta, un acertijo, una encuesta...

Mara: ¿Qué puedo hacer con Roberto y nuestra situación...?
Iris:Estaba leyendo, no sé de qué conversaban. ¿Cuál situación?
Mara: No se aviene al diálogo, ya tiene otra zorra que lo persigue a sol y sombra y en las noches me exige... me exige que me dé la vuelta y le abra las nalgas...

July se sonrojó y se puso a mirarse las uñas.

Iris: Deja vu, esto ya lo he oído antes... Mándalo tomar por culo.



lunes 9 de marzo de 2009

Laura y Malva


Que se salga de la habitación de una buena vez, le decía Malva, pero ella no asomaba la nariz al pasillo. Estaba con los auriculares en las orejas escuchando Prohibido prohibir.
Que se salga al menos a cenar.
Pero ahora suena Nadie nos vio, y Lau sube el volumen.
Con un artero empujón de escoba Malva abrió la puerta.
__Hace horas que te llamo.
Lau se quita los audífonos.
__Cuál es el problema, yo hace años que lo hago, y no tienes nada en los oídos que te impida escucharme.
Laura sacó el cd del diskman y lo introdujo en el aparato sobre la aparador. Malva seguía despotricando, reclamando entre otras cosas, ser la que cocina, lava y hace compras. Laura dio play y fue subiendo las líneas del volumen proporcionalmente al grado de reclamo de su contrincante.
__Oye, baja eso que te estoy hablando.
Pero Un minuto más de ti ya estaba a un volumen considerable.
__Me quité los auriculares, tal cual dijiste.
__Baja el volumen.
__Tú bájalo mejor.
__Te digo que apagues eso__y lo apaga ella misma, pero Laura lo enciende nuevamente.
__¿Es demasiado cursi para ti?
__Sí.
__¿Soy demasiado cursi para ti?
Pregunta sin respuesta. O al menos, sin respuesta aparente, pues los ojos dicen más que mil palabras, Malva los tenía enterrados en el piso, ahí donde el ruedo de las cortinas ennegrecía tras sucesivos roces. Cómo escabullirse de esa pregunta.
__¿Soy demasiado cursi para ti? ¡Contesta!
Malva la toma de la cintura, Lau se le zafa y la rasguña en el rostro. Después de un ligero enredo de manos, unas que intentan avanzar y otras que retroceden involuptivamente, caen despechadas al suelo. Se besan, y es el beso más reacio que haya dado Laura en su vida. Se tocan, pero no con el consentimiento de antes, esto ahora es un rechazo. Hay maneras en que, el acto más amoroso del mundo puede convertirse, al reproducirlo, en un patente rechazo.
Malva improvisa sobre el cuerpo yaciente todo aquello que dañará con placer. Sí, hay cosas que dan placer y son dañinas.
Laura jamás aceptó su condición sexual, ni siquiera aún después de mudarse al departamento de su amiga. Malva lo sabe y hace uso de ello tomando un pomo de desodorante de la repisa.
__¿Qué haces?
__Nada. Debiste salir de la habitación cuando te llamé, ya me tienes hasta las huevas de eso.
__¿Qué haces?
__Pero tú me quieres.
__Déjame levantarme, quiero irme.
La canción siguiente de Sandra Mianovich las distrajo un poco.
__Mira, tú no quieres irte.
__Claro que no, Malva, pero qué haces...
El pomo de desodorante era cada vez empujado con más violencia hacia el interior de Laura. Se sentía presa de una violación, no obstante, Malva siempre lograba excitarla y no había quien la disuadiera ahora que estaba dispuesta a hacerle daño mediante un orgasmo. Hay formas.
__Quítate.
__Tú no quieres eso.
__Te odio, Malva, te lo juro.
__No jures en vano.
__Muérete.
__Sí, pero dime, quieres que pare justo ahora?
__Muérete.
__Después de ti.
Malva frotó con precisión el pote, ya conocía de Laura hasta el más recóndito recoveco. La vulva se expresaba por si sola, y contradecía a Laura. Entre las piernas abiertas de par en par se dibujaba una forma familiar y harto elocuente a los ojos de Malva.
__Todo se vale.
__No.
Malva sentía sus bragas empapadas, pero estaba muy molesta como para ceder ante Laura y comenzaba a preguntarse si no sería mejor, pese al tiempo que llevaban juntas, buscarse una pareja de edad semejante respectivamente. Laura apretó los párpados, cerró las piernas abruptamente. Tuvo su orgasmo.
Sin embargo, Malva le manoteó los senos y le escarbó dos o tres veces más en la vagina. La otra trató de desasirse.
__Ya, no me toques__dijo Laura.
__Nunca te agarré tan fuerte que no pudieras irte.
__Contéstame, ¿soy demasiado cursi para ti?
__Sí, creo que sí.

jueves 5 de marzo de 2009

. . . Aunque la segunda vez . . . estuvo mejor . . .



Llovía a raudales. Había salido de casa urgida por un llamado de Lizzete, en realidad a ella le urgía, yo iba en su socorro. Había rehusado del paragüas que mamá me tendió con rigor por el sólo gusto de contradecirla, y ahora la lluvia caía espesa, enérgica y oblicua, tan fuerte pegaba sobre la piel ese torrente que hacía doler.Necesitaba que la llamara haciéndome pasar por otra amiga, para confirmarle a la madre que el sábado pasado a la noche había permanecido con su hija en una discoteca durante toda la jornada en que estuvo ausente en su hogar. Lizzete había estado con su novio, no había puesto un pie en la mentada discoteca. Yo tenía una voz demasiado intensa como para impostar a la de Marisa.
__Oye, Lizzete, soy yo, pásame con tu madre.
__Pero tienes que parecerte a Marisa, con ella le dije que he estado.
__¿Y por qué no llamas a Marisa, entonces?
__Porque me regañará por haberla enredado en todo esto.
__Vale, pásame con tu madre.Ahí estuve yo, imitando la voz clueca de Marisa, después de soportar unos insufribles discursos maternales acerca de las buenas costumbres, logré cumplir mi cometido: persuadir a la madre de Lizzete de que la mentira era la verdad, como dice Ceratti. A pesar de que el diálogo fue odioso, había algo que me ataba a la cabina: la lluvia. Ya me había empapado, había empapado la cabina, y seguía tronando afuera como si fuese la última lluvia caída sobre esta tierra. El muchacho del local me miraba con odio por lo mojado del piso, del asiento, también por el reguero que dejaba mientras me acercaba al mostrador para pagarle.
__Afuera llueve__le dije, en un intento insumiso por demostrarle que no era mi intención ensuciar el piso.
__No me digas__contestó con sequedad.
__Sí, sí no te molesta me siento ahí hasta que escampe.
__No escampará en todo el día, pero siéntate si gustas, de todas maneras ya estas mojada,ya has mojado todo, no hay forma de que esto pueda ser peor.
De verdad que no escampó en todo el día, ni siquiera amainó. Al contrario, a la lluvia torrencial se le sumó un viento implacable. Se cortó la luz.
__Tengo automóvil, te alcanzo hasta tu casa__me dijo, y me sorprendí ante la generosidad de quien, hasta minutos antes, me detestaba por el reguero de agua.
__Si no es molestia...
__No encontrarás un puto taxi, te lo aseguro.
__Gracias, aunque vivo lejos de aquí.
Recuerdo haberme mirado la cara en el espejuelo del audi, estaba azul de frío, mis cabellos aun medios mojados se encontraban desordenados.No quería ir a mi casa. No quería ir a mi casa. Le dí una dirección falsa, irreflexivamente. Puso música durante el trayecto. Alejandro Sanz. Me invitó a fumar. Esta vez no acepté el cigarrillo. Me ofreció una campera que sacó del asiento trasero. Al poco rato de habérmela echado encima dejé de temblar.
__Pero si me dijiste esta dirección, yo lo recuerdo bien__replicó ante mi negativa.
Que no, hombre, le negué todo el tiempo, y le di otra. Falsa también como la primera. Le quedó la duda, aunque se avino a mi ruego de llevarme a casa, por favor. Para la tercera exclamó que le estaba tomando el pelo, o qué diablos me pasaba a mí por la cabeza.
__Te bajas.
No me bajé. Algo me intrigaba de él, y siempre me pareció que es mediante el enojo que uno conoce a las personas. Yo quería conocerlo.
__Que te bajes, coño.
No me moví. Incluso, por verlo rabiar, llegué a rogarle que me devolviera a mi hogar cuanto antes, y a echarle otra dirección, esta vez era la verdadera, pero a Pedrito después de lo del lobo nadie le cree.
__Bueno, mirá, yo me voy a mi casa y te dejo afuera en el vehículo, te doy diez minutos de tregua y me asomo a la ventana, si sigues allí, la policía caerá sobre tí.
__Qué malo__le dije, y su mirada fue fulminante.
Trató de bajarme con palabras unas dos o tres veces más, luego emprendió la marcha.Una vez en el pórtico de su vivienda me instó a que me fuera por las buenas.Cuando él cerró la puerta de su casa tras de sí, comprendí que me había aprovechado de la generosidad ajena, que estaba amarrada de un gesto que no significaba nada, que era triste lo mío y que daba pena. Unos minutos nomás tardé en tomar la inciativa de largarme de allí.No obstante, ni bien abrí la puerta del audi para someterme a la recia tormenta con viento endemoniado que había, algo sujetó la puerta. Era él cometiendo el segundo error: mostrar sensibilidad por mí.
__Oye no llores. ¿Qué tienes?
__Nada, no tengo nada, por eso lloro.
__Pasa.
__¿Qué?
__Que pases, coño, no me hagas repetírtelo.

Segunda parte

Pasamos. La casa no era bonita, más bien estándar, si es que existe esa catalogación, estaba impecable de limpia, ordenada y afable. No quise café, hay ciertos recuerdos que marcan. Acepté unas copas de licor y unas hamburguesas que se aprestó a preparar. Pensé en lo lindo que se veía cocinando.
__Estás mojada, no tengo ropa de mujer, pero te irá bien un overol que tengo, y una remera. Me puse su remera y su overol.
Me iban grandes ambas cosas, pero me sentí mucho mejor con ropa seca. Después de unas copas recordé a Alejandro, que me había dejado descaradamente por Lizzete, y justamente yo acababa de cubrirlos. Ella no sabía nada, por supuesto, yo no quise decirselo, no quise decirle: oye, tu Alejandro es mi Alejandro
__Ya no llores por eso__oigo que me dice.
__Y tú qué sabes por qué lloro.
__Lo sé porque hace rato que piensas en voz alta, y porque en la tercera copa te cagaste en él.
Recuerdo que me adornó con un montón de elogios y piropos, me llamó princesa, reina, bella, no sé qué más. Logró hacerme dejar de llorar. Logró hacerme reir y también empinarme una copa más. Pero se equivocó cuando preguntó, hay cosas que no deben preguntarse porque obligan a rechazar la oferta por decencia:
__¿Quieres ir a la cama?
Hombre, que era la primera vez que nos veíamos. Qué quería, sí, pero mejor hubiera sido llevarme instintivamente, sin preguntas que lo obliguen a uno a aceptar el delito ante la providencia. Terminé aceptando ante la insistencia de la pregunta, y se levantó decidido, casi brusco, hacia mí. Vamos, dijo, me cogió de la mano. El dormitorio era amplio, había un espejo en forma oval al lado de la ventana que daba al patio, una cama de plaza y media, y muchas cosas en desorden. Parecía un sitio ajeno a la vivienda, puesto que toda ella se hallaba pulcra y prolija. Apagó las luces, las del pasillo, las del baño y las de la habitación, y encendió las del patio. Sentí su boca en la mía, el sabor del licor y del cigarro que yo no compartí. Me besó detenidamente, de vez en vez susurraba en mi oído: júrame que volverás a verme, pero yo no le juraba. Parecía que mi evasión a su pedido lo hacía más demandante, más inseguro, más desesperado. Jurame que volverás a verme. Así, en el oído, no lo conocía, a lo sumo podía prometerle volvernos a ver en una cita, pero él comenzó a desesperarse y a hacer su ruego más cargado: júrame que no verás a otro.
__No puedo prometerte eso, puedo pactar una segunda cita.
Me besaba apasionadamente, debo reconocer que besaba muy bien. Júrame que lo intentarás conmigo. En ese punto comencé a sospechar que él estaba más urgido que yo, y que el hecho de que yo lo mostrara y él lo ocultara no implicaba que su urgencia fuera más leve o que mi locura fuera mayor. Bajó por el cuello con sus labios, subió para decirme que le devolviera su overol y remera, que los necesitaba ya mismo. Me saqué el overol y la remera, dijo que le prestara mi sostén. Tenía una manía preciosa por susurrarme en el oído. Me desnudó completamente, bajó con los labios desde el cuello hasta el tobillo de la pierna derecha, ahi parada como permanecía, se agachó hasta mi tobillo, pasando por el seno derecho, el ombligo, la cadera y la rodillas. Luego subió y lo hizo con la parte izquierda de mi cuerpo. Ascendió por tercera vez, su lengua se enredó en mi lengua. Júrame que me verás de nuevo
__Lo juro.
Desde el centro de mi boca descendió de manera recta, reptó entre medio de mis pechos,saboreó mi ombligo por tercera vez, y se perdió en la zona más delatora de mis ganas. Me apoyé contra la pared, abrí mis piernas hasta el límite de la extensión que es posible sin caerse. Su lengua me pedía que no lo dejara mientras marcaba trayectos sinuosos que desparramaban y sorbían los líquidos de mis ganas. Una mano de él se aferró a mi nalga, estábamos ebrios y perdíamos la estabilidad con facilidad. Sentí como su dedo se deslizaba por la hendidura, como exploraba mis zonas ocultas hasta de mí. Había mojado el piso de su casa ahora, pero no con agua de lluvia como lo había hecho durante la tarde en el locutorio. Júrame que cogerás conmigo de nuevo. No dije nada.Insitió con el juramento, e igual de muda disfruté callada de su tacto. Júrame o no sigo, dijo entonces. Y le juré.Toda esa fantasía de amor, que sólo era cariño solidario, fácil edificación de ideales puestos en donde nada se sabía del otro... todo eso y su boca, y sus manos, se sentían rico. Me apretó contra la pared, a esas alturas le juré las mil cosas, y me penetró sin cuidado. No fue como mi primera vez, no, esta, mi segunda vez, fue bruscamente. Entró de golpe, resbaló por la hiperlubricación, se sintió más taladrante, más abarcativo. Recién ahí empezó a tocarme los senos. A pellizcarme los pezones. Nunca pensé que un pellizcón pudiera sentirse tan bien. Terminamos los dos juntos, parados, estertorosos. Ensuciamos todo el piso.